¿Como Crecer?

Un rey fue hasta su jardín y descubrió que sus árboles, arbustos y flores se estaban muriendo.
El Roble le dijo que se moría porque no podía ser tan alto como el Pino.
Volviéndose al Pino, lo halló caído porque no podía dar uvas como la Vid. Y la Vid se moría porque no podía florecer como la Rosa.
La Rosa lloraba porque no podía ser alta y sólida como el Roble. Entonces encontró una planta, una Fresa, floreciendo y más fresca que nunca.
El rey preguntó:
¿Cómo es que creces saludable en medio de este jardín mustio y sombrío?
No lo sé. Quizás sea porque siempre supuse que cuando me plantaste, querías fresas. Si hubieras querido un Roble o una Rosa, los habrías plantado. En aquel momento me dije: “Intentaré ser Fresa de la mejor manera que pueda”.
Ahora es tu turno. Estás aquí para contribuir con tu fragancia. Simplemente mírate a ti mismo.
No hay posibilidad de que seas otra persona.
Podes disfrutarlo y florecer regado con tu propio amor por vos, o podes marchitarte en tu propia condena…

-Jorge Bucay

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El hombre que se creía muerto

Había una vez un hombre muy aprensivo respecto de sus propias enfermedades y, sobre todo, muy temeroso del día en que le llegara la muerte.

Un día, entre tantas ideas locas, se le ocurrió pensar que a lo mejor, a lo mejor ya estaba muerto. Entonces fue donde su mujer y le dijo:

-Dime, esposa mía. ¿No estaré muerto yo?

La mujer rió, le dijo que se tocara las manos y los pies.

-¿Ves? Le afirmo. Están tibios, ¿verdad? Pues bien, esto quiere decir que estás vivo. Si estuvieras muerto, tus manos y tus pies estarían helados.

Al hombre le pareció muy razonable la respuesta y se tranquilizó.

Pocas semanas después, un día en que estaba nevando, el hombre fue al bosque a cortar leña. Cuando llegó al lugar, se quitó los guantes y empezó a cortar troncos con su hacha.
Sin pensarlo, se pasó la mano por la frente y notó que estaba muy fría. Acordándose de su miedo y de lo que le había dicho su esposa, se quitó los zapatos y los calcetines y confirmó con horror que sus pies también estaban helados.

En ese momento no le quedó ninguna duda: se «dio cuenta» de que estaba muerto.

-No es bueno -se dijo- que un muerto ande por ahí cortando leña. Así que dejó el hacha junto a su mula y se tendió quieto en el suelo helado, con las manos cruzadas sobre el pecho y los ojos cerrados.

Al poco de estar tendido en el suelo, una jauría de perros se acercó a las alforjas donde se hallaban las provisiones al ver que nada los detenía destrozaron las alforjas y devoraron todo lo que había de comestible en ellas. El hombre pensó: «Suerte tienen de que esté muerto. Si no, yo mismo los echaba a patadas».

La jauría siguió husmeando y descubrió a la mula atada a un árbol, fácil presa para los afilados dientes de los perros. La mula chilló y coceó, pero el hombre sólo pensaba en cómo le hubiera gustado defenderla, si no fuera porque él estaba muerto.

En pocos minutos dieron buena cuenta de la mula, y tan sólo algunos perros seguían royendo los huesos.

La jauría, insaciable, siguió rondando el lugar.

No pasó mucho tiempo hasta que uno de los perros percibió el olor del hombre. Miró a su alrededor y vio al leñador tendido inmóvil sobre el suelo. Se acercó lentamente, muy lentamente, porque para él los hombres eran seres muy peligrosos y traicioneros.

En pocos instantes, todos los perros rodearon al hombre con sus fauces babeantes.

«Ahora me van a comer -pensó el hombre-. Si no estuviera muerto, otra sería la historia.»

Los perros se acercaron…

… y viendo su inmovilidad, se lo comieron.

Jorge Bucay